Todo empezó el día que Amalia llegó con una inmensa caja repleta de fotografías. Viajar al pasado es como escribir en el aire, puede ser divertido o matar de nostalgia porque la memoria ordena los recuerdos de manera caprichosa, lo mismo que las palabras pronunciadas permanecen atrapadas en el espacio al antojo de las ondas. El tiempo transcurrido hace mella en los objetos y en las personas, no hace falta más que mirarse al espejo. A pesar de todo, sabiendo que nada era igual, Eugenia quiso recuperar con su hermana un lugar común, quizás el hogar que nunca abandonaron, en todo caso, recordar era permanecer vivas. Siempre creyó que las personas eran hebras doradas de un maravilloso tejido llamado dicha y la vida un inmenso telar donde el destino o el azar urdía cada hilo en el lugar exacto de la trama.
En realidad, qué es una foto, sino un instante detenido en el tiempo, un “haikú” gráfico donde las sombras ejercen el dominio del lenguaje. Aquella caja era un perfecto anuario de las dos mujeres: 1933 la clásica foto de la niña desnuda sobre un cojín de damasco que posiblemente fuera rojo, por la oscuridad del gris, respecto al blanco cuerpo de Eugenia. Con Amalia fueron más originales, la retrataron metida dentro de una caja de cartón en la que habían escrito “Procedente de París, 1940”, toda una ocurrencia para salvaguardar la inocencia de la primogénita que todavía creía en la cigüeña portadora de bebés.
Las fotos del colegio desataron las carcajadas de las dos mujeres; a pesar de los años de diferencia, comprobaron que era el mismo mapa, la misma mesa, el mismo uniforme con la corbata torcida, las mismas ojeras... Verdaderamente estaban horribles. Menos mal que la adolescencia les mostró imágenes más aceptables que las condujo a una juventud radiante, “éramos monas” dijo Amalia con modestia, pero fue injusta su apreciación porque eran dos mujeres muy bellas las que posaban en paisajes y monumentos de diversos lugares, solas o en grupo, siempre con una sonrisa angelical en Eugenia, pícara en Amalia, pero cautivadora en ambos casos. “Qué novia más guapa, Eugenia, pero tan circunspecta te muestras el día de tu boda, mujer, con lo interesante que está el novio”... “qué bien salís los dos en las de la luna de miel”... “ De hiel... de hiel”... farfulla Eugenia.
Entre el manojo de instantáneas apareció una de la hermana mayor en la que lucía un vestido de punto, perfectamente adaptado al cuerpo, gris claro con unos rombos en blanco y negro sobre el pecho, no lleva ningún corte por lo que se deslizaba de manera “evasé” desde la cintura hasta debajo de la rodilla. “No recuerdo ni el vestido ni el lugar” y quedó perdida en un entorno desconocido, frente a una mujer de aire serio que era incapaz de reconocer. Era ella, sin duda, pero por más que se esforzaba no conseguía asociar una parte de su vida a la imagen que tenia en la mano. “Deduzco que tendría unos... veinte años... podría ser invierno por la ropa y el árbol desnudo que asoma detrás de mí... parece un corral o un patio trasero de una casa que no identifico... Mira, a ver si tú sabes dónde estoy”.
Amalia no dio importancia a la foto “ será en casa de alguna amiga”... “ ya, pero es que no me acuerdo ni siquiera de haber tenido un vestido así, ¿ tú lo has visto alguna vez?... “No, nunca, pero siguiendo la hipótesis de la amiga, te lo pudo prestar ella cuando estuviste en su casa”... “¿Pero qué amiga?” dijo Eugenia angustiada.
En ese mismo momento, fue consciente del deterioro, porque olvidar que se ha vivido es morir lentamente... ”. “ dile a mamá que llegaré tarde del cole”... “hace tanto que no veo a la abuela”... “¿Amalia?... encantada de conocerte...
Entre lagunas y algún rayo de lucidez, trata de abrir puertas a la vida que transcurre sosegada como un hilo de plata tejido por el viento. Su hermana ha recopilado todas las fotos para organizarlas por años en el correspondiente álbum y le pide a su sobrina permiso para hacer lo mismo con las de Eugenia. Desde que empezó a olvidar, los encuentros con su hermana en torno al pasado ilustrado, se ha convertido en un rito. En una carpeta encontró una foto de Eugenia y un hombre desconocido para todos, en el anverso un apunte: “1983 utopía”. Él tiene el brazo izquierdo sobre el hombro derecho de Eugenia, ella le toma de la mano cerrando el abrazo con intención de no perderle nunca. Se trata de un primer plano de la pareja que sugiere confidencia e intimidad, al fondo se adivina una pared blanca y otra granate, ambos visten camisa vaquera y da la sensación de que la foto se ha realizado con temporizador. La mirada de ella desprende una energía especial, casi tan fulminante como la que emana cuando le preguntan por el misterioso caballero que la acompaña. Contempla embobada ese trozo de vida guardado, ese “haikú” que sin palabras expresa: “en la distancia/terciopelo en las manos/rompe la tarde”.
Entonces sonríe, entorna los ojos, una parte de su cerebro le transmite un secreto y dice: todo está en orden/ queda escrito en el aire/lo que no muere.
Gloria de Frutos
(Publicado en la revista El Monográfico 2009)
