por
Gloria-bendita
@ 2008-03-13 - 21:35:51
Cuando Hombre nació, su padre plantó un cerezo delante de su casa y dijo a la familia que como el árbol, su hijo crecería mirando al cielo con las ramas extendidas sobre la tierra. Su madera de textura fina y de fibra recta, resistente, pero sin rigidez daría flor y fruto para deleite de todos los que a su sombra se cobijaran.
Cuentan las viejas del lugar que a poco de nacer el niño, un rayo de luz se filtró por la contraventana del cuarto, iluminando el pecho de la madre y acto seguido la leche brotó generosa para amamantar al recién nacido. Se crió sano y feliz propiciando alegrías a cuantos estaban a su alrededor.
Pronto empezaron en el pueblo a decir de Hombre que era un bien parido, porque siempre estaba dispuesto a ayudar a quien lo necesitara, trabajador como el primero, a honesto y formal no le ganaba nadie de modo que el señor cura quiso ganarlo para la iglesia, pero al joven le gustaban las niñas más que las cerezas que cada año tomaba del árbol que crecía a la vera suya y decidió formar una familia dedicándose a ella por completo.
Muchos años después, un mes de diciembre, caminando por una senda por la que nunca había andado, vió que estaba llena de gente muy peculiar, todos se encontraban muy solos y su corazón se enterneció al comprobar que carecían de lo más importante: la esperanza. Entonces se fijó en una anciana de cabellos blancos, parada en medio de una encrucijada, se acercó a ella y sin más preámbulos la saludó: “Hola, me llamo Hombre”, la mujer alzó la vista y sonrió. “Mujer, llámame Mujer” le respondió.
Un viento helado, llegado de la sierra cercana, hizo tremolar el viejo abrigo de la anciana. Las notas del Mesías de Hendel llenaban el espacio desde diversos coros de la tierra y la magia empezó a tejer una tela de suave seda que envolvía los corazones de la gente. Se acercó a ella, atraído por una fuerza inexplicable, tenía la voz dulce y serena, su cuerpo acusaba el paso del tiempo y pocos cuidados, las articulaciones perezosas no le restaban cierta elegancia de movimientos, la sobriedad de sus ropas hablaban de su humilde procedencia y la mirada triste no ocultaba la huella de todo lo perdido. Él la miró como nadie nunca la había mirado antes y le tendió la mano para seguir caminando.
Mujer le contó que un día, al llegar a un cruce de caminos, se sentó para descansar y decidir qué dirección tomar a partir de ese momento. Ante su mirada se encontraban tres carteles indicadores de tres direcciones a seguir. En el primer letrero podía leerse: a “Inopia”, que era el lugar donde la indigencia y la escasez reinaban sobre sus moradores sin que estos hicieran nada por mejorar el estado de las cosas. En el segundo rótulo ponía: a “Realidad”, que era el lugar donde todo era lo que parecía ser, sin sorpresas ni alicientes porque nadie podía cambiar lo que allí sucedía. Y en el tercero se leía: a “Utopía”, que se trataba de una tierra que muchos ignoraban que existiera y la negaban porque ese era, según ellos, el reino de lo imposible, pero Mujer intuía que era el lugar de los sueños capaces de cambiar el destino de los que caminaban hacia esa dirección.
Los tres lugares se encontraban, más o menos, a la misma distancia y Mujer se dijo: “Si me encamino por el sendero que me conduce a Inopia viviré enferma, triste y desamparada, abandonada a mi suerte hasta que mis días se extingan. Si por el contrario me decido a llegar a Realidad analizaré la causa de mi enfermedad, encontraré algún remedio para retrasar mi muerte, y cuando llegue ésta, al menos habré tenido la ventaja de llamarla por su nombre lo cual me hará parecer un ser humano digno. Y si me dirijo a Utopía, moriré igualmente, con la diferencia de que lo haré después de vivir con la certeza de haberlo hecho buscando tesoros ocultos, y la ilusión de conseguir metas inalcanzables. Entonces, dijo Mujer con un brillo de estrellas en la mirada, me levanté, sin mirar atrás y tomé el sendero que conducía a Utopía. A medida que avanzaba mis piernas eran más ligeras y en el corazón comenzó a sonar una cantinela casi olvidada, algo como....¿y si fuera cierto?... ¿y si existe lo que busco y lo encuentro?.
Hoy, cuando te he visto, he comprendido que vale la pena cruzar todos los desiertos, o pasar necesidades, con tal de ver el resplandor de un rostro cuando ofrece el calor de una mirada limpia. Tú eres mi utopía y ahora sé que existes".
Se fundieron en un abrazo y un beso selló el encuentro con aquella mujer que sólo quería conocer a un hombre que sólo fuera Hombre...
Feliz día...