Aquella noche, Alex no podía apagar todas las luces de su mente. De un lado la entrevista de trabajo que podría solucionar sus deseos de independencia. Por otro, el inesperado enfado de su chica le tenía totalmente desvelado; pensó que un paseo le ayudaría a relajar la tensión acumulada, así que guardó en el bolsillo del vaquero la partitura, en la que se esbozaba una nueva canción para sus "coleguitas" de "Tribus urbanas", y salió a la calle sin rumbo fijo. Caminó despreocupado sin advertir que se alejaba peligrosamente del paso de transeúntes cotidianos.
Aquel barrio le acogió con la misma voracidad que atrapaba a los hijos de la marginación. Agazapado tras una esquina, alguien esperaba con codicia tesoros ajenos. Desde su garita divisó al incauto caminante; se diluyó entre las sombras para pasar desapercibido, le dejó andar para seguir su pista, navaja en ristre, pensando en el botín que estaba a punto de conseguir.
Llegaron al callejón, apenas una bombilla amarillenta teñía de fantasmas aquellos vericuetos; extrañas compañías de amores alquilados, cuchillos bisbisando caricias presurosas; y el malhechor vestido de asesino, golpea la espalda de su víctima. Alex, sorprendido, apenas pudo ver alzarse la hoja resplandeciente. Ya no vio más. Un dolor de muerte en el costado, frío y oscuridad mientras se deslizaba, despacio, hasta la otra orilla.
Allí quedó Alex, junto al cuchillo, mientras una sombra huía con un papel en la mano, (todo lo que pudo afanar), un título con mariposas. Canción inacabada que fue a parar al contenedor repleto de miseria. Junto a los desperdicios podía leerse: "Para siempre amor" (Rock lento)
Lejos, la ciudad vomitaba luces, ignorando la vida y la muerte de sus hijos.
Gloria de Frutos
(publicado en "Cortos" Ed. Edisena, 1997)













06.05.08 @ 07:29