Esta semana he asistido a dos conciertos en el Palau de la Música, desde el palco veo casi de frente al director de la orquesta, que más que dirigir, baila la sinfonía. Me gusta observar sus gestos, la manera de entornar los ojos, de chistar, incluso de jadear cuando el sostenido lo requiere. La batuta es una prolongación de su brazo, la cintura gira y se inclina cuando los violines entran en el adagio.
El sudor resbala por la frente, humedece sus cabellos, está en trance...
Pero lo que más me impresiona de todo es cuando, en pleno climax, cierra el puño con fuerza y guarda dentro todas las notas, dejando la sala en un silencio absoluto.

La ovación explota tras unos segundos sin respiración. Pienso que si en ese instante me acercara al director y pusiera su mano en mi oído, seguiría escuchando los ecos de la sinfonía, como sucede con una caracola en la que se percibe el rugir de las olas del mar.
Hace tiempo que las manos me atraen de manera especial, sobre todo las manos de los artistas, manos creadoras de imágenes, de palabras, de formas, de sonidos... Manos fuertes, capaces de contener un mar de caricias.

Manos amigas, sobre todo. Capaces de dirigir buenas emociones.