Querido profesional del latido, haga usted el favor de no asustar al personal, que si el colesterol sube a 220, con que le aconseje un cambio de dieta, basta. Mire que hay mucho hipocondríaco suelto por ahí y el miedo no es bueno para el corazón.
Menos rabo de toro, poca caldereta de cordero y más mero a la marinera, paellas de marisco, verduras y frutas frescas, y los niveles de grasa en las arterias se regulan solos.
Pero usted va a lo seguro, una prueba de esfuerzo, cuyo requisito indispensable supone un consentimiento firmado por el paciente, por si durante la prueba sucumbiera fulminado por un infarto, acojona, oiga usted.
Uno firma y se somete a la prueba con la esperanza de que si algo ocurriera, el desfibrilador de urgencia funcione correctamente.
Y corre por la cinta conectado a una máquina señalando de manera insolente la frecuencia cardíaca, (lo que todavía aumenta el estado de ansiedad ). Terminada la prueba, usted, con cara de póker se limita a decir que me cuide, que todo está bien, pero la edad...
Me voy a casa y mientras ceno una ensalada y un poco de queso fresco, veo las noticias en las que cuentan todos los deportistas que han caido fulminados a causa de un síncope. Hombres sanos y jóvenes con revisiones constantes que mueren en directo para sorpresa del angustiado cincuentón.
Y entonces uno se dirige a la cocina y empieza a cortar jamón y queso y se hace un bocata que empuja con una cerveza y se tumba en el sofá a ver una película de Woody Allen.
Mire, doctor, lo mejor para el corazón es la ilusión, esa que palpita cuando se quiere a otro corazón mágico. Y la mejor gimnasia ... sí...sí... esa que usted está pensando, nos mantiene en forma si se practica de forma regular.
Gracias por sus desvelos, entre sístole y diástole, brindo por usted con un buen vino de reserva, y no me pase la factura que soy de la seguridad social.