A Doña Engracia le dolía el pensamiento, por eso se afanaba en dejar la mente en blanco y así relajar la parte afectada de sufrimiento. Como una hoja de papel inmaculada, construía paisajes vacíos dentro de su cerebro.
Qué difícil le resultaba eliminar ciertas imágenes, pero el empeño era grande y poco a poco lo conseguiría. Porque despertarse con la misma idea cada mañana y dormirse con el mismo nombre en los labios le resultaba una condena de la que quería liberarse.
Ejercicio número uno: soy agua - se decía - y en el agua nada se esculpe, toda forma se diluye.
Ejercicio número dos: soy aire y arrastro las hojas caducas y los tejados mal afianzados.
Ejercicio número tres: soy fuego y convierto en cenizas todo lo que toco.
Ejercicio número cuatro: soy tierra y en mi seno germinarán nuevas emociones que enterrarán las anteriores.
Y así, cada día, Doña Engracia se consumía como una pavesa, ahogada en su propio llanto, borracha de ventoleras, quemadas sus ilusiones y sepultada en vida.
Moraleja: Nunca olvides los buenos momentos aunque la ausencia te oprima el alma. Recordar es volver a vivir.












31.07.08 @ 16:00