
Toda la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekin ha sido un alarde de imaginación, coordinación, perfecta sincronía y belleza.
Pero la imagen que se me ha quedado más grabada ha sido la del atleta recorriendo todo el estadio por el aire, con un domino total del cuerpo, sin una mala postura, ni cara de esfuerzo, con la elegancia de un ave, porque volaba, con la destreza de un atleta porque corría.
Mientras esto sucedía, en Georgia comenzaba una guerra.
Qué absurdo todo, capaces de compartir una jornada de fiesta cultural, pero incapaces de vivir en paz.
Así es el género humano.











