El día que Don Amargo le dijo a su familia que no merecían ni el agua que bebían, perdió la dignidad como hombre y el respeto como padre. Sin embargo, él siguió comiendo con verdadera ansia, sorbiendo el jugo de la ensalada de la misma fuente, mientras su hijo y su esposa se sumían en la más profunda de las tristezas por no ser merecedores de los desvelos de Don Amargo.
Era su manera de hacerse fuerte, lo mismo que la costumbre de tirar las cosas sobre la mesa para sentir el choque de los objetos sobre la madera, de dar patadas a las sillas, de dar portazos y resoplar como si fuera un caballo.
Don Amargo se compró un coche nuevo para tenerlo aparcado en la puerta de casa, todos los días bajaba a la calle para verlo y saber que allí estaba algo suyo, no le importaba la suciedad acumulada, ni las cagadas de las aves sobre el techo gris, estaba ahí para él, aunque nunca fuera a ninguna parte. Mientras tanto su mujer y su hijo viajaban en bus o en tren, porque tocarle el coche era como mentarle a la madre.
Don Amargo ahorraba para el futuro, a costa de ser un miserable sería uno de los más ricos del cementerio. Así la vida se le escapó sin apenas darse cuenta.
Entonces, el hijo heredó el coche de su padre con el que recorrió todos los lugares que deseaba conocer y la mujer se dedicó a beber los mejores vinos del mercado. El agua ni probarla, porque no la merecía...