Había una vez un Rey, hombre inmensamente rico que se hizo construir un palacio de Mármol de Carrara, pero no lo quería como el de los demás Reyes de la tierra, deseaba un material único, exclusivo. Los canteros arañaban la montaña hasta encontrar la veta de mármol que agradara al señor para la construcción de su mansión. Al fin apareció ésta, de color oscuro con aguas verdes, era distinta a todas cuantas en ese momento se habían encontrado en el universo.
Hizo construir el palacio y lo engalanó con los mejores brocados traídos de Damasco, lo circundó de jardines que contenían especies vegetales de todo el mundo, las más aromáticas y coloridas flores que pudo encontrar. Se rodeó de las mujeres más bellas para que le sirvieran y de los soldados más valientes para que le guardaran. Cuando todo estuvo terminado el hombre cayó en una profunda tristeza que no podía ahuyentar con nada de cuanto le rodeaba. Consultaron a los físicos, a los chamanes y a los sanadores. Escrutaron los oráculos y nadie podía curar al hombre que se sentía tan desgraciado en medio de tanta riqueza. Hasta que un día llegó un anciano con fama de sabio. Tras estudiar al monarca sentenció que el Rey se curaría cuando se pusiera la camisa del hombre feliz.
En ese mismo instante mandó a miles de emisarios con el encargo de encontrar a ese hombre feliz y le trajeran su camisa para curar la enfermedad que le aquejaba. Pasaron unos meses, la salud del Rey empeoró notablemente, hasta el punto de temer por su vida. Al fin, lograron encontrar al poseedor del remedio para sanar al Rey.
Pero... la sorpresa de los soldados ante semejante visión desmoralizó a la tropa que no se atrevía a volver a Palacio. Comprobaron atónitos.. que el hombre feliz...
¡No tenía camisa!